Cada vez hay más evidencia de que los billones de bacterias y hongos que viven en nuestro intestino no solo digieren la comida; también regulan hormonas tan esenciales como el estrógeno, el cortisol o la insulina. Cuidar esta flora es garantizar que nuestra orquesta hormonal trabaje en armonía.

Relación entre microbiota intestinal y equilibrio hormonal

En primer lugar, hay que destacar la importancia del eje microbiota-hormonas; es decir el metabolismo de estrógenos.

Ciertas bacterias producen enzimas que “liberan” estrógenos conjugados en el colon, facilitando su reabsorción y manteniendo niveles adecuados. Sin embargo, una microbiota pobre puede incrementar el reciclaje excesivo y elevar el riesgo de desequilibrios, que podrían derivar en una disbiosis (desequilibrio de la microbiota).

A su vez, los antibióticos, las dietas muy procesadas y el estrés crónico pueden alterar la composición bacteriana y sus consecuencias pueden ser:

  • Aumento de estrógenos circulantes y mayor riesgo de síndrome premenstrual o endometriosis.
  • Cortisol elevado asociado a fatiga, insomnio y problemas de peso.
  • Resistencia a la insulina, acumulación de grasa abdominal y alteraciones menstruales.

La modulación del eje HPA (siglas en inglés de Hipotalámico-Hipofisario-Adrenal): la repuesta al estrés

La conexión no se detiene ahí. Las señales que nacen en el intestino influyen en la producción de cortisol a través de la barrera intestinal y el nervio vago. Una flora diversa atenúa la respuesta inflamatoria y evita picos crónicos de cortisol.

La sensibilidad a la insulina

Por otro lado, las bacterias producen ácidos grasos de cadena corta como el butirato y el propionato,  que mejoran la acción de la insulina en los músculos y el hígado. Esto es vital para mantener estables los niveles de glucosa.

Estrategias prácticas para fortalecer tu microbiota

  • Fibra variada: frutas, verduras y cereales integrales fomentan la producción de butirato; un elemento clave para la salud de la pared intestinal.
  • Alimentos fermentados: yogur natural, kéfir, chucrut o kimchi aportan probióticos que equilibran las poblaciones bacterianas.
  • Polifenoles: presentes en té verde, cacao o frutos rojos, nutren bacterias beneficiosas y frenan a las patógenas.
  • Reducción de ultra procesados y exceso de azúcares: evitan la proliferación de especies proinflamatorias.
  • Manejo del estrés: técnicas de respiración o mindfulness mejoran la comunicación entre microbiota y el HPA, reduciendo el cortisol crónico.

Entender que nuestra salud hormonal depende de lo que sucede a nuestra flora intestinal, cambia el paradigma. Cuidar la microbiota es garantizar que nuestras hormonas trabajen en armonía. Por tanto, la dieta y el estilo de vida no son solo complementos, son el tratamiento principal.

AUTORA

Cristina Llorente Ramos

Farmacéutica comunitaria

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