Pese a que España es conocida por su cultura gastronómica y por ser la huerta de Europa, actualmente es el segundo país europeo con mayor número de adultos obesos, además de uno de los cuatro primeros en cuanto a obesidad infantil.

Por este motivo, entre otros, el Gobierno ha decidido sumarse a la tendencia de otros países, como Francia, e incluir esta materia en sus agendas, tratándola como lo que es: un grave problema que requiere de soluciones urgentes y eficaces.

Una de las medidas más recientes es la implantación de NutriScore: un sistema de etiquetado que, como si de un semáforo se tratase, nos indicará la calidad de los productos por medio de colores.

Quizás ya hayáis empezado a ver estas etiquetas en vuestro supermercado habitual. Os explicaremos cuál es el origen de estas puntuaciones y cómo debemos interpretarlas para que nos ayuden a elegir mejor los alimentos que compramos.

Como dice el refrán, crea fama y échate a dormir; eso es lo que parece haberle sucedido a España en materia de salud alimentaria. Pese a que siempre se nos ha conocido por nuestra dieta mediterránea, por ser un importante exportador de productos hortofrutícolas y por nuestra rica cultura culinaria, no hemos conseguido librarnos de la llamada epidemia del S. XXI: la obesidad.

Los datos son como para preocuparse: para el año 2030, se calcula que el 80 % de hombres y el 55 % de las mujeres padecerán sobrepeso en España. Este problema, que casi siempre se asocia al aspecto físico de quien lo padece, es, en realidad, mucho más grave: afecciones coronarias, colesterol, diabetes, hipertensión o cáncer son solo algunos de los males que puede provocar.

La obesidad es, pues, una importante amenaza para la salud pública, además de una enfermedad con origen en etapas tempranas, como la infancia o la adolescencia. De ahí que sea fundamental aprender, desde la juventud, qué alimentos nos convienen y cuáles no.

Información nutricional en los alimentos

Desde los años 70 —década en la que los alimentos carecían de datos nutricionales en el empaquetado— hasta nuestros días, la presencia de información alimentaria en los envases de los productos ha ido en aumento. Gracias a ello, en la actualidad, el consumidor puede consultar el envase y saber con exactitud qué está adquiriendo, con qué ingredientes ha sido elaborado y qué nutrientes posee; todo para que le resulte más sencillo tomar decisiones saludables sobre su alimentación y la de su entorno.

Además de estos datos (obligatorios por ley), las marcas pueden proporcionar información adicional mediante otras formas de expresión y presentación. En otras palabras, pueden incluir formas, símbolos, texto o números que ayuden al comprador a entender la composición del alimento. Este tipo de etiquetado ―que no sustituye a la información nutricional, sino que la complementa― suele ir colocado en el frontal del producto, por eso se lo conoce como FOP (del inglés Front-of-Pack labelling).

¿Cuál es el objetivo de estas maneras de informar al consumidor? Que, cuando este adquiera un alimento, lo haga con conocimiento de causa y sepa, en resumidas cuentas, qué está consumiendo y qué repercusiones (positivas o negativas) puede tener sobre su salud.

NutriScore

Existen diferentes tipos de etiquetado frontal, como pueden ser el semáforo británico, la cerradura nórdica o el esquema de baterías italiano. Sin embargo, el Gobierno ha decidido seguir la estela de nuestros vecinos franceses y optar por otro conocido FOP: NutriScore, un sistema que ya comienza a verse en algunos supermercados españoles, como Caprabo.

 

NutriScore es, en líneas generales, una especie de «semáforo» que nos indica la calidad alimentaria de los productos que tenemos a nuestra disposición. Se trata de un sistema de clasificación basado en cinco colores (que van del verde oscuro al naranja oscuro) y cinco letras (de la A a la E) que expone, de manera sencilla y vistosa, la valoración global del alimento.

 

Este método ha sido fruto de numerosos estudios en los que se han tenido en cuenta factores como el nivel de comprensibilidad por parte del consumidor y los resultados en la salud, y cuenta con aval científico.

La clasificación es sencilla: el color verde oscuro (clase A) es el más más favorable en cuanto a niveles nutricionales, mientras que el naranja oscuro (clase E) es el menos favorable.

De este modo, NutriScore mostrará, en un formato muy visual y comprensible, la calidad de los alimentos que queramos adquirir. Con todo, no debemos olvidar que seguiremos contando con el listado de ingredientes y con la etiqueta nutricional tradicional: datos más complejos de entender, pero también más detallados.
Con NutriScore, el consumidor podrá comparar productos entre sí y optar por aquel que sea más beneficioso, sin necesidad de adentrarse en la información que aparece al dorso. Todo con echar un simple vistazo al frontal.

Pros y contras

Aunque la mayoría de los alimentos son sencillos de etiquetar de manera adecuada, hay otros casos que pueden causar cierta confusión. Por ejemplo, la bollería industrial o los aperitivos salados recibirían, como corresponde, una mala valoración debido a su alto contenido en azúcar o sal. No obstante, hay otros, como el aceite de oliva o el jamón serrano, que, pese a ser saludables, también tendrían una mala puntuación por su elevado contenido en grasas. Por otra parte, productos como los refrescos dietéticos obtendrían una calificación superior a estos últimos gracias a su nulo aporte en grasas y azúcar y a su bajo contenido calórico.

¿Quiere esto decir que los refrescos dietéticos son más beneficiosos que el aceite de oliva? En absoluto, pero la sencillez del método en el que se basa NutriScore podría llevar a engaño en casos puntuales como estos.

¿Qué conclusión podemos sacar de esto? Que NutriScore, como casi cualquier sistema de etiquetado, no es perfecto, aunque sí supone un paso importante en la concienciación sobre la obesidad, además de una buena guía para saber qué productos estamos consumiendo.

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